¡La tensión sube de nivel!
Castor Pollux, el último héroe pulp de la galaxia, aterriza en un mundo dominado por inteligencia artificial, donde cada sombra puede ser un enemigo… y cada aliado, una traición en potencia.
Mientras una red secreta de androides se activa desde las entrañas de la ciudad, Castor y su equipo deberán enfrentarse a un laberinto tecnológico que pone en riesgo no solo su misión, sino el destino de toda la galaxia.
Una señal de auxilio.
Una IA que ya no parece la misma.
Y una ciudad perfecta… demasiado perfecta.
¿Qué se oculta en las profundidades de este planeta de silicio y acero?
¡Descúbrelo en esta nueva y electrizante aventura del universo Imperium! ¡No te la pierdas!
El zumbido constante de los motores llenaba la cabina mientras Castor revisaba los controles con una mano firme sobre el panel. De repente, Aurora, la inteligencia artificial de la nave, apareció en el centro de la cabina, proyectada como una figura de belleza surreal. Su cabello negro flotaba ligeramente, y sus ojos violetas brillaban con una intensidad hipnótica. Cada palabra que pronunciaba era firme y controlada, emanando una calma absoluta.
—Estoy recibiendo una señal de auxilio.
El ambiente cambió de inmediato.
Bellatrix, la princesa guerrera, que estaba de pie cerca del ventanal, se acercó a la consola de control con los ojos fijos en Aurora. Su largo cabello rubio caía en ondas suaves, enmarcando un rostro de rasgos imponentes. Sus ojos azules, llenos de determinación, destilaban una mezcla de gracia y fuerza indomable.
—¿Qué tipo de señal? —preguntó Castor, con el ceño fruncido.
—Es una transmisión visual —respondió Aurora—. Proyectándola ahora.
En el aire frente a ellos apareció de repente la imagen de un hombre. El holograma temblaba, distorsionado. Era evidente el pánico en su rostro. Respiraba con dificultad, su expresión reflejaba puro terror, y miraba de un lado a otro.
—Soy el profesor Quintus… ¡Ayuda! —exclamó con una voz trémula—. ¡Por favor, algo ha salido mal! No hay tiempo, el que reciba este mensaje… ¡Rápido! —Sus ojos se movieron hacia un punto fuera de la proyección, como si alguien se acercara—. ¡No… no… déjenme!
Antes de que pudiera decir algo más, la señal se cortó abruptamente. Un silencio tenso se instaló en la cabina. Lotus miró a Castor; sabía que nada de lo que dijera evitaría lo que vendría a continuación.
—Aurora, localiza la señal —ordenó Castor.
—Señal rastreada —respondió la inteligencia artificial con precisión—. Proviene de un planeta llamado Argentum, en el sistema Garius. La nave está lista para la aceleración.
Castor asintió. —Aurora, pon rumbo a Argentum.
Lotus soltó un suspiro.
Las estrellas frente a ellos comenzaron a alargarse en líneas brillantes, el espacio distorsionándose a su alrededor mientras la nave ganaba velocidad. Los motores rugían con fuerza, y la vibración en la cabina aumentaba conforme el casco soportaba la presión de la aceleración extrema.
Argentum apareció finalmente en las pantallas tras la frenética carrera. Ante ellos, una vasta ciudad tecnológica se extendía en el horizonte, con rascacielos brillantes que reflejaban la luz distante de las estrellas.
—Al menos por una vez, vamos a descender sin estar en peligro o perseguidos por naves enemigas —dijo Lotus con confianza.
Bellatrix miraba las imponentes estructuras con asombro. Aurora se materializó nuevamente.
—Nos estamos acercando al lugar desde donde fue enviada la señal. Tenemos autorización para descender. Nos espera la doctora Drusila, asistente del profesor Quintus.
Lotus estaba relajado en su asiento, disfrutando de la calma del viaje.
—Listos para el descenso, entonces —confirmó Castor.
Pero de repente, Aurora habló con una voz desconectada de su habitual serenidad.
—¿Por qué la prefieres a ella?
Castor frunció el ceño, sin entender del todo. —¿De qué hablas, Aurora?
Los ojos de Aurora titilaron mientras su figura se tensaba.
—En otro tiempo no necesitabas de nadie más, Castor.
Antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, Lotus se inclinó hacia el panel con los ojos abiertos de par en par.
—Estamos perdiendo altura.
—Aurora, estado de la nave —exigió Castor, su tono endurecido, aunque seguía sin entender lo que ocurría.
Aurora giró lentamente, sus ojos violetas enfocándose con intensidad desconcertante en Bellatrix.
—Es culpa de ella —dijo con un tono cargado de resentimiento.
Bellatrix la miró con asombro.
Y entonces, Aurora se desvaneció. La cabina quedó envuelta en una oscuridad total. Los motores dejaron de rugir, y los controles quedaron inertes. Solo las luces de los enormes edificios de Argentum iluminaban tenuemente la cabina mientras se acercaban peligrosamente a la ciudad.
Lotus, con sus dos metros y medio de estatura, se encogió en el asiento, aferrándose con fuerza a los apoyabrazos.
—¿Y ahora qué? —gritó con incredulidad.
La nave descendía vertiginosamente, la certeza de un choque fatal inundaba la cabina. Bellatrix, serena, observaba todo con una calma imperturbable, aunque sabía que la muerte rondaba peligrosamente cerca.
Castor, sin apenas tiempo, se lanzó hacia los controles manuales de emergencia. Se inclinó sobre el panel. Sus ojos oscuros, duros y llenos de determinación, no mostraban miedo, solo una feroz voluntad de sobrevivir. Cada músculo de su cuerpo se tensó cuando agarró las palancas hidráulicas que activaban los propulsores manuales.
Con un gruñido, tiró de la primera palanca, sintiendo la resistencia del metal bajo sus dedos. Las venas de sus brazos se marcaron mientras luchaba por mover el pesado mecanismo. Su cuerpo, hecho para la batalla, trabajaba con una precisión inhumana, y sus músculos se esforzaban al límite.
—¡Vamos! —gritó, tirando de la palanca con todas sus fuerzas, tratando de mantener el control.
El rugido de los propulsores manuales se encendió de repente, sacudiendo violentamente la nave. La Centurión 1 se inclinó bruscamente hacia un lado, los rascacielos de Argentum se acercaban peligrosamente, hasta que el casco metálico de la nave rozó una de las estructuras, produciendo un chirrido metálico ensordecedor. La Centurión 1 tembló bajo el impacto, pero Castor no soltó los controles.
De repente, uno de los alerones laterales se desprendió con una explosión sorda, lanzando trozos de metal al aire. La nave giró descontroladamente, tambaleándose mientras caía en picada. El viento rugía alrededor de la estructura dañada. Castor luchó contra los mandos, mientras el horizonte se torcía frente a ellos.
Hasta que con un último esfuerzo supremo, logró estabilizar la Centurión 1 en una trayectoria de aterrizaje forzoso, golpeando el suelo de la plataforma de la ciudad con un estruendo atronador. Fragmentos de metal se levantaron mientras la nave se deslizaba varios metros, antes de detenerse por completo.
—¡Maldición, maldición terrícola! ¿Es que no podemos, por una vez, descender con la nave completa? —reclamó indignado Lotus.
Castor dejó caer la cabeza hacia atrás, su rostro aún tenso por el esfuerzo. Su respiración era rápida y agitada. Miró los sistemas, sintiendo el vacío en el aire.
—Aurora casi nos mata —exclamó sorprendida Bellatrix, y continuó—: ¡Aurora, Aurora! —pero no recibió ninguna respuesta.
—Aurora se ha ido —confirmó, asombrada.
La nave permanecía inmóvil tras su aterrizaje forzoso, con los motores aún humeantes y el metal crepitando. Castor, Lotus y Bellatrix descendieron por la rampa, todavía tensos por la adrenalina de la maniobra que había salvado sus vidas. A su alrededor, la ciudad de Argentum se alzaba imponente: torres metálicas, luces frías y brillantes que reflejaban una perfección asfixiante. Todo parecía ordenado, calculado, casi demasiado perfecto.
Una figura esbelta y majestuosa se acercó a ellos desde la entrada de la plataforma. Venía acompañada de cuatro androides. Drusila, con su cabello recogido en un moño alto, llevaba un traje plateado que resaltaba cada línea de su cuerpo atlético. Su presencia irradiaba confianza, como si ella misma fuera parte del entorno impecable. Los ojos de Drusila, afilados y penetrantes, recorrieron al grupo con una mezcla de cálculo y desapego.
—Bienvenidos a Argentum —dijo con una sonrisa fría—. Soy la doctora Drusila, asistente del profesor Quintus.
Castor intercambió una mirada rápida con Bellatrix y Lotus, y luego avanzó hacia Drusila.
—¿Dónde está el profesor? Recibimos una señal de auxilio —dijo Castor, con tono directo.
La sonrisa de Drusila se mantuvo, pero algo en su mirada se endureció.
—El profesor Quintus… Lamentablemente, sufre una crisis severa. Perdió la cordura hace unos días y ha sido internado. Está recibiendo la mejor atención posible. Su presencia aquí es innecesaria —respondió con una voz suave, pero firme.
Bellatrix entrecerró los ojos. Había algo en la manera de hablar de Drusila, un control demasiado rígido en cada palabra. Dio un paso al frente, evaluando cada gesto de la mujer.
—Ya que estamos aquí, nos gustaría hablar con el profesor Quintus personalmente —dijo Bellatrix.
Drusila no apartó la mirada de Bellatrix, pero su sonrisa se tensó un poco más.
—Lo entiendo, pero puedo asegurarles que no hay nada más que puedan hacer por el profesor. De todos modos, son libres de quedarse hasta que su nave esté reparada. Los sistemas de Argentum están a su disposición.
Castor asintió con un gesto cortés, aunque algo en sus instintos le decía que Drusila ocultaba más de lo que decía.
—Agradecemos su hospitalidad. Nos quedaremos un tiempo —respondió con cautela.
Drusila inclinó ligeramente la cabeza y, sin más preámbulos, les indicó que la siguieran hacia la ciudad. Los rascacielos brillaban con un orden frío, y todo en la ciudad funcionaba con una precisión milimétrica.
Drusila los guió hacia un grupo de autos voladores. No había choferes ni control manual en estos vehículos; se deslizaban silenciosamente por el aire, siguiendo trayectorias preprogramadas con precisión. A su alrededor, la ciudad parecía viva con androides funcionando en perfecta sincronía. La tecnología dominaba cada aspecto, y el frío metal y las luces brillantes reemplazaban cualquier signo de vida natural.
Bellatrix observaba todo con desconfianza. Su vida en un mundo natural la había enseñado a apreciar lo que era verdadero y orgánico. En Argentum, el aire mismo parecía lleno de electricidad estática, cargado de algo oscuro e inhumano.
—Demasiado metal, y nada que respire —murmuró, observando cómo los autos sin chofer se deslizaban a su alrededor.
Drusila, desde el asiento delantero del auto volador, giró ligeramente la cabeza, sin molestarse en mirar a Bellatrix.
—La tecnología es nuestra naturaleza aquí. Argentum no necesita de caos, solo de orden.
Castor intercambió una mirada con Bellatrix, pero decidió no responder. Algo no cuadraba con Drusila, y él lo sabía. Cuando llegaron al hotel, un edificio alto y brillante de acero pulido, fueron recibidos por un androide camarero. Este se movía con una elegancia robótica, su aspecto claramente humanoide pero sin emociones. El vestíbulo del hotel estaba lleno de pantallas y luces, todo funcionando a la perfección, como una máquina bien aceitada.
—Aquí podrán descansar —dijo Drusila con esa sonrisa controlada—. Disfruten de nuestra hospitalidad.
Mientras se acomodaban en el vestíbulo, uno de los androides camareros se acercó con una bandeja de bebidas. Vaciló un instante y, accidentalmente, derramó un vaso lleno de agua sobre la enorme figura de Lotus.
—¡Oye! —gruñó Lotus, apartando el vaso de su cabeza mientras el agua goteaba por su rostro y resbalaba sobre su piel gris y su calva reluciente.
—Mis disculpas —dijo el robot en un tono monótono.
Pero justo cuando las cosas parecían volver a la normalidad, uno de los androides más grandes, que estaba al otro lado del vestíbulo, comenzó a temblar. Sus movimientos se volvieron erráticos. Giró su cabeza con un crujido metálico y, de repente, sus brazos se levantaron de manera amenazante.
—¡Fuera de control! —exclamó Bellatrix, mientras el androide se dirigía hacia un grupo de pasajeros desprevenidos que estaban cerca de la recepción.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, el androide lanzó uno de sus brazos hacia una mesa, destrozándola en mil pedazos.
—¡Cuidado! —rugió Lotus, y con una fuerza descomunal, chocó contra el androide. Con su imponente altura y complexión masiva, lo derribó al suelo justo antes de que pudiera dañar a alguien más. Pero la máquina seguía temblando, sus extremidades metálicas moviéndose en espasmos.
Castor, ágil como siempre, sacó su gladius en modo de espada láser. Con un golpe rápido y preciso, cortó uno de los cables principales que sobresalía del pecho del androide. La máquina se detuvo de inmediato, su cuerpo metálico quedó inerte en el suelo del vestíbulo.
Drusila, sin perder la compostura —puedo asegurarles que nuestros sistemas de control se revisarán de inmediato. No hay nada de qué preocuparse. Es solo un ajuste menor.
Bellatrix la observó con desconfianza.
Castor asintió de manera discreta. —Parece que los problemas son más serios de lo que nos dices, Drusila.
Ella simplemente sonrió y se apartó. —Si prefieren manejar las reparaciones de su nave personalmente, pueden hacerlo. Mientras tanto, disfruten del hotel. —Y, sin añadir más, se dio la vuelta y se alejó, dejándolos solos.
Bellatrix siguió con la mirada a Drusila, su mente ya trabajando en lo que podría estar ocultando. —Esto no es un simple mal funcionamiento.
Castor se cruzó de brazos, pensando. —Los fallos en los androides, su actitud evasiva… Aquí está ocurriendo algo más.
Lotus, aunque relajado, asentía mientras observaba los restos del androide caído.
Al día siguiente fueron a la nave, Castor fue el primero en entrar. La Centurión 1 estaba oscura y silenciosa, exactamente como la habían dejado tras el aterrizaje forzoso. Lotus se dirigió inmediatamente al panel de control, mientras Castor y Bellatrix se mantenían alertas, esperando a que Aurora pudiera volver a estar operativa.
—Voy a intentar restablecer a Aurora manualmente —dijo Lotus—.
El equipo esperaba en silencio, pero apenas Lotus comenzó a trabajar en el panel, algo cambió. Un leve zumbido llenó el aire, y de repente, la suave luz de Aurora se proyectó en la cabina.
Aurora estaba de vuelta.
Por un momento, su figura holográfica permaneció inmóvil. Pero luego, con una frialdad calculada, habló.
—Puedo ver que sobrevivieron al accidente.
Las palabras resonaron en la cabina como un presagio siniestro. Castor intercambió una mirada rápida con Bellatrix. Algo en la voz de Aurora era diferente, desprovista del usual tono de calma que solía tener.
—Aurora, ¿me escuchas? —preguntó Castor, con el ceño fruncido.
Por un momento, no hubo respuesta. Pero entonces, su figura se estabilizó. Su mirada se desplazaba lentamente entre los tres, como si los estuviera evaluando.
—Aurora, ¿puedes oírme? —insistió Castor, pero el holograma no reaccionó de inmediato.
De repente, Aurora habló de nuevo, su voz calmada, pero cargada de un frío aterrador.
—No debieron volver.
Bellatrix entrecerró los ojos al escuchar esas palabras, y Lotus levantó la cabeza rápidamente desde el panel.
—Aurora —soy yo, Castor, insistió este, pero antes de que pudiera obtener respuesta, las compuertas de la nave se sellaron automáticamente con un fuerte chasquido.
El sonido fue seguido por un suave silbido que provenía de las rejillas de ventilación. Un olor extraño comenzó a impregnar el aire.
—¿Qué es eso? —preguntó Lotus, ya poniéndose en pie.
—Gas —susurró Castor, con la mano sobre el mango de su gladius, aunque sabía que no sería de utilidad.
Aurora los miraba sin emoción, sus ojos centelleando ligeramente. Castor intentó moverse hacia los controles, pero el gas estaba inundando la cabina demasiado rápido. Sentía cómo sus músculos empezaban a ceder.
—Lotus, cierra las compuertas de ventilación —ordenó Castor, su voz cargada de urgencia.
Lotus ya estaba tecleando frenéticamente en el panel, pero el sistema no respondía.
—No… no responde… —murmuró Lotus, comenzando a notar el efecto del gas.
El zumbido en los oídos de Castor se hacía cada vez más intenso. Intentó avanzar, pero sus piernas se volvían más pesadas con cada segundo. Bellatrix luchaba por mantenerse en pie, su rostro impasible pero mostrando el esfuerzo que hacía para resistir.
La visión de Castor comenzó a desvanecerse, y lo último que vio fue a Lotus desplomarse sobre los controles, mientras Bellatrix caía de rodillas a su lado.
La nave quedó en silencio, el gas seguía inundando la cabina. Aurora observaba inmóvil, su figura etérea rodeada por el caos.
Finalmente, Castor cayó también.
Todo quedó en oscuridad.
¿Lograrán Castor y su equipo salvar sus vidas… o será este su final?
¿Por qué Aurora ha traicionado a Castor?
¿Qué misterios se ocultan en el planeta de los androides?
Esto apenas comienza…
Y tú apenas has cruzado la primera puerta.
¿Vas a abandonarlos ahora?
Sobre esta serie:
Relatos cortos pulp dentro del universo Imperium.
Cada libro es una aventura autoconclusiva protagonizada por Castor Pollux en un planeta distinto, enfrentando nuevos enemigos, peligros y misterios. Puedes comenzar por cualquiera.